martes, 28 de marzo de 2017

PLAZA FACEBOOK







Tulio Hernández, sociólogo y, sin duda, uno de los personajes más inteligentes de nuestro entorno, comparó en estos días a Facebook con una plaza de pueblo. Un espacio amable en donde, preferiblemente al atardecer, se encuentra todo el mundo (o todo el pueblo) a conversar, oír novedades e intercambiarlas, a ver y dejarse ver. Allí se encuentran los doctores, los maestros, los poetas, las amas de casa, los intelectuales, los músicos, los artistas, los curiosos, los jóvenes, los viejos y arman tertulias de las que siempre saldrá algo.
Allí los viejos recuerdan tiempos que siempre fueron mejores y los jóvenes sueñan con tiempos que también serán mejores. Esa imagen me trae a la memoria una de las mejores de mi infancia, cuando en Ciudad Bolívar, Venezuela, alguien recorría las calles en su automóvil a toda velocidad tocando corneta (o bocina) para convocar a todo el que pudiera ir al aeropuerto cuando se ponía el sol y formar entre todos un improvisado balizaje para que aterrizara el DC-3 que traía unos pocos pasajeros y los diarios del día, que serían leídos en grupo, en el malecón o paseo, al día siguiente, con los correspondientes comentarios y opiniones de quienes quisieran comentar u opinar.
Esas reuniones en plazas todavía subsisten en muchos pueblos del interior del país y siguen siendo una forma de comunicación, a pesar de la televisión y otros adelantos. Esa bella imagen aplicada a Facebook tiene un solo inconveniente: la presencia de talibanes y energúmenos que, siguiendo las líneas impuestas por Chávez, insultan a los demás y pretenden que solo ellos tienen la razón. Son los chavistas estructurales aun cuando sean antichavistas.
También están los pornógrafos y otros bichos de uña, los hackers y otros malvados, etcétera. Pero aún con esa presencias indeseada, Facebook es un lugar estupendo en donde se encuentran viejas y nuevas amistades, en donde se reúnen parientes que tenían años sin verse y en donde se puede intercambiar opiniones a pesar de los chavistas estructurales. Basta con tener una buena dosis de tolerancia y entender que nada de lo negativo es tan fuerte o duradero como para obligar a alguien a renunciar a estos hermosos encuentros.
El placer virtual es tan válido como los placeres reales. Y conste, uso la palabra «reales» consciente de que para los venezolanos puede referirse a lo cierto, lo palpable, lo verificable, pero también al poderoso caballero de que habló Quevedo. En fin, seguiremos encontrándonos cerca de cualquier farol en la plaza Facebook.
por Eduardo Casanova Sucre
Abogado y escritor merideño

sábado, 4 de marzo de 2017

El Nazareno en patines



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Luego de los carnavales viene Semana Santa, tiempos de oración y reflexión, pero lo que ahora paso a relatarles es una anécdota muy especial y divertida, por demás, como dicen en Cumanacoa, tierra ubicada hacia el sur del estado Sucre, de donde son mis ancestros y por la que siento un profundo sentimiento.
Resulta que en una Semana Santa me fui con dos de mis hermanos y algunos sobrinos a pasar los días de asueto por allá y llegamos a casa de una prima, muy fervorosa y devota ella, que tenía a su cargo el arreglo del Nazareno y parte de la organización logística para el «paseo» de los Santos por las calles cumanacuences.
Ese día, Miércoles Santo, nos aprestamos todos arregladitos para asistir a la procesión a eso de las 8:00 pm y acudimos a la iglesia del pueblo para participar del evento que se inició puntualmente y con todo el protocolo que amerita.
Sacaron al Santo de la iglesia y comenzamos a hacer el recorrido con el pasito lento y normal que se acostumbra en esta clase de acontecimientos: cha, cha, cha, cha, cha; muchísimos feligreses rodeaban la litera en la que iba el Nazareno y nosotros, detrás, seguíamos a la multitud.
De pronto, nos percatamos de que nos habíamos quedado rezagados y apuramos el paso. Bien, los alcanzamos y continuamos con nuestro cha, cha, cha, cha, cha, muy cerca de la concurrencia y siempre detrás. Al cabo de un ratico, volvemos a darnos cuenta de que la muchedumbre nos deja a la zaga y todos, intrigados por saber por qué a nuestro parecer iban tan rápido, decidimos alcanzarlos, nos entremezclamos entre la masa y logramos llegar a los pies del Santo Nazareno.
No pueden imaginarse: al Santo lo habían encaramado en un andamio de hierro y ¡adivinen!: la armazón tenía rueditas; es decir, no iba sobre los hombros de los feligreses, era empujado y, como no les pesaba, iban rapidísimo.
Como soy periodista, rauda y veloz titulé: El Nazareno en patines.
No pueden imaginarse el ataque de risa que nos causó tal experiencia.
Rayza E. González R.

miércoles, 25 de enero de 2017

Sobre el 23 de enero de 1958

Wolfgang Larrazábal U.
Hace ya unos treinta y pico de años (¡Dios! ¡Qué viejo estoy!) hice un viaje por avión a Barinas, no en un jet sino en un antiguo Viscount a hélice, de Aeropostal o Avensa, no recuerdo cuál de las dos líneas aéreas. Uno de los pasajeros, sentado al otro lado del pasillo, era un señor de unos 70 años de edad; aún le quedaba cabello, escaso y muy canoso, más bien peinado. Vestía saco a cuadros, pantalón unicolor y corbata, todo con aspecto de mucho uso; los zapatos estaban también bastante trajinados, aunque impecablemente lustrados. Su aspecto en general era de absoluta pulcritud.

Me pareció conocido y le mantuve la vista fija buscando en mi memoria de dónde. Él notó el escrutinio y, a su vez, me miró y sonrió. Confieso que me turbé algo por haber sido descubierto en el delito de fisgoneo. Le sonreí también pero, de seguidas, volteé la cabeza para esconderme con las páginas del libro que siempre llevaba en mis viajes. Me abstraje en la lectura olvidándome del pasajero.

Al llegar a Barinas nos dispusimos al desembarque. Tuve que esperar mientras el señor extraía del compartimiento de equipaje de mano, mal llamado sombrerera, una humilde maletica de tela, casi raída, a la que se le apreciaban años y años de uso. Marchó hacia la salida del avión unos pasos adelante. Bajamos las escaleras, caminamos al terminal, siempre yo unos pasos detrás. Al llegar a las puertas del edificio el viajero fue recibido por dos personas de porte distinguido, mucho mejor vestidas que el visitante; mejor dicho, mejores trajes y a la moda. Escuché que le dieron la bienvenida tratándolo de ¡Senador!

Fue entonces cuando lo reconocí. Era el vicealmirante Wolfgang Larrazábal Ugueto, el mismo que en 1958 fue presidente de la Junta de Gobierno que reemplazó al dictador Marcos Pérez Jiménez; después, y sucesivamente, candidato presidencial, embajador en Chile, senador ¡Todo un cofundador de la democracia!

No viajaba en jets privados; no tenía guardaespaldas ni secretario. Más que modestamente vestido, pero con ropas limpias y planchadas, con zapatos muy gastados, pero brillantes, seguramente embetunados y cepillados por él mismo. La imagen de la pobreza digna, sin aspavientos.

Esa imagen es la que se me ha venido a la mente este 23 de enero. La de Larrazábal; la de Rómulo Betancourt, dos veces presidente, que al salir de Miraflores ni casa tenía; la de Luis Beltrán Prieto Figueroa,cuya vivienda llamó Ancha y Ajena, ancha porque cabían todos sus amigos y ajena porque la debía al banco; la de Luis Piñerúa Ordazque tenía como «mansión de playa» una casita de dos habitaciones en Puerto Píritu.

En este 23 de enero de 2017 quiero recordar eso: cuando nuestros líderes eran honestos, cuando teníamos esperanzas de vivir en un país mejor. Me corrijo: cuando teníamos un país.

Roberto Sánchez Hernández
Profesor e historiador
Preguntamedehistoria@gmail.com

miércoles, 12 de octubre de 2016

La conseja del perro Nevado

El contenido de esta conseja viene a ser muy cónsono con la razón y título de este blog, porque vamos a hablarles de una leyenda convertida en conseja.
En los Andes venezolanos sus pobladores tienen muchas fábulas legendarias, sobre todo en Mérida, y no me refiero solamente a la capital sino al estado. Ciudad culta desde sus inicios en cuyo seno se originó un marcado sincretismo entre lo indígena y lo europeo y, gracias a ese fenómeno cultural, muchas tradiciones y costumbres se han mantenido y entre ellas las leyendas.
Un gran merideño fue don Tulio Febres Cordero. En su obra, muy vasta en conjunto, dedicó particular atención a las tradiciones, mitos y leyendas de los Andes. Su escrito más famoso y difundido fue la narración del mito indígena Cinco águilas blancas, maravillosa recreación de la formación de la Sierra Nevada, mas hay otra de sus narraciones que la ha reemplazado en notoriedad y, podríamos agregarle, credibilidad. Es la leyenda del perro Nevado.
Para aquellos que no hayan oído hablar del can, se trata de un perro de raza mucuchíes que le fue regalado a Simón Bolívar en su tránsito de Mérida a Barinas en 1813 y que lo acompañó en todas sus campañas como un guerrero más, aunque consentido. En el regalo vino incluido un indígena llamado Tinjacá, como su custodio. Por las vicisitudes de la guerra, Bolívar perdió al perro y al cuidador y, de manera fantástica –al fin y al cabo es una leyenda–, ambos fueron a parar a las manos de José Tomás Boves, archienemigo de Bolívar. El nuevo propietario se encariñó igualmente con can e indio, pero Boves fue muerto en Urica y entonces Tinjacá logró llevar al perro de vuelta a los Andes para que milagrosamente se reencontrara con el Libertador en 1820.
Nevado participó con su amo en la Batalla de Carabobo, en la que rindió su vida cuando atacaba a mordiscos a los españoles. Tinjacá resultó gravemente herido al tratar de protegerlo infructuosamente y Bolívar soltó una lágrima por Nevado, aunque la narración no aclara si también por el indio.
Cuando don Tulio lo escribió, cuidadosamente apuntó en la introducción que lo había creado a partir de una leyenda oral que se narraba a los niños en el siglo XIX, embellecida y magnificada por su mano. A pesar de esa confesión, con el transcurrir de los años la narración de Febres Cordero ha sido convertida en un hecho histórico incontrovertible hasta el extremo que una de las misiones del gobierno, creada para la protección de los perros realengos, callejeros o abandonados, se llama ¡Nevado! Y no por la leyenda, sino dando como hecho cierto su historia.
Desde muchos años atrás en la misma capital merideña, en los Chorros de Milla, se había levantado una estatua de bronce del indio Tinjacá, pero solo eso. Con el devenir de los cambios, el paroxismo se ha exagerado a tal punto que hay monumentos erigidos a Nevado en varios municipios de la entidad y fuera de ellos.
Así que lo que era una agradable leyenda oral se ha transformado en una conseja total. Es decir, una mentira.
Roberto Sánchez Hernández
Profesor e historiador
preguntamedehistoria@gmail.com